Un fatídico día de hace unos 66 millones de años, las criaturas que entonces poblaban la Tierra alzaron la vista al cielo para comprobar cómo una gigantesca bola de fuego llegada del espacio entraba en la atmósfera. Para la gran mayoría de ellas, fue el comienzo del fin. El meteorito, de unos 12 kilómetros de diámetro, impactó en lo que hoy es Chicxulub, en la península mexicana de Yucatán, derritiendo la superficie con una explosión 10.000 veces superior a todo el arsenal atómico que existe en el mundo actual. La brutal colisión cambió el clima de la Tierra durante al menos dos años, provocando la extinción del 75% de la vida, incluidos los dinosaurios. Entre las terribles consecuencias, un tsunami como nunca se ha visto en la historia moderna, que se extendió por todos los océanos del globo con olas de hasta un kilómetro y medio de altura.

«Este tsunami se movió por todas las cuencas oceánicas», asegura a ABC Molly Range, joven investigadora del Departamento de Ciencias de la Tierra y Medio Ambiente en la Universidad de Michigan. El estudio, que aún no se ha publicado en una revista revisada por pares, fue presentado en la reunión anual de la Unión Geofísica Americana celebrada el pasado diciembre en Washington. Lo que el grupo de Range ha hecho es modelar, por primera vez, cómo se propagaron las olas desde el impacto de la roca en aguas poco profundas del Golfo de México hasta que por fin desaparecieron.

Ola de colpaso
Los investigadores desarrollaron un modelo que detalla lo que sucedió en los 10 minutos posteriores al impacto, cuando el cráter tenía casi 1,5 kilómetros de profundidad y la explosión era tan poderosa que aún no había agua en el agujero. Después, el agua se precipitó sobre el cráter y luego se retiró, formando lo que se llama una «ola de colapso».

Un segundo modelo muestra cómo se propagó el tsunami a través de los océanos de todo el mundo según la altura de las olas y las velocidades de flujo. «Cuanto mayor sea la velocidad del flujo, más poderoso será el tsunami», explica Range. En el Golfo de México, el tsunami alcanzó una velocidad de hasta 40 metros por segundo (144 km por hora). En las cuencas oceánicas del Atlántico norte, el Caribe y el Pacífico sur, la velocidad de las aguas se redujo a la mitad, mientras que en el Pacífico Norte, el Mediterráneo y el Atlántico Sur fueron más bajas. «Esto implica una mayor posibilidad de ver la erosión y la alteración de los sedimentos en las cuencas oceánicas del Pacífico Sur, Atlántico Norte y Mediterráneo», explica la investigadora. Precisamente, Ted Moore, profesor emérito en el mismo departamento, prepara un estudio sobre las evidencias físicas que respaldan las conclusiones de este trabajo.

Como un edificio de seis pisos
Pero lo más espectacular de este tsunami fueron sus gigantescas olas, cuya altura dependió de la cuenca del océano y de lo cerca que estaban de la costa. Después de una ola inicial de kilómetro y medio, llegaron más. En algunos puntos del Golfo de México, las olas tenían 20 metros de altura (más o menos como un edificio de seis pisos), pero en otros llegaron al kilómetro. En el Pacífico sur y el Atlántico norte, alcanzaron los 14 metros. En el Pacífico Norte, más pequeñas, los 4 metros. Para tener en perspectiva el tamaño de estas olas, la más grande registrada alguna vez en el hemisferio sur no llegó a los 24 metros de altura. Ocurrió en mayo del pasado año cerca de las islas Campbell, a unos 700 kilómetros al sur de Nueva Zelanda, y fue provocada por una tormenta en el océano Antártico. La mayor ola registrada de todos los tiempos fue un tsunami generado después de un deslizamiento de tierra en Alaska en 1958: llegó a los 30,5 metros de altura.

29.000 veces más fuerte que el de Indonesia
En comparación con el tsunami que devastó las costas de Indonesia, Malasia, Sri Lanka, India y Tailandia en 2004 tras un terremoto en el océano Índico, dejando más de 230.000 muertos, el que comenzó en Chicxulub contenía mucha más energía. Durante las primeras siete horas, contuvo de 2.500 a 29.000 veces más energía de impacto. Sin embargo, decayó mucho más rápido.

«El asteroide de Chicxulub resultó en un enorme tsunami global, como el que no se ha visto en la historia moderna. Por lo que sabemos, somos los primeros en modelar globalmente el tsunami desde el impacto hasta el final de la propagación de las olas», resume la investigadora, quien pronto presentará un documento sobre este trabajo en una revista científica.

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