Desde hace unos años, la Organización Mundial para la Salud (OMS) lleva alertando del peligro de los plásticos: acciones tan comunes como calentar al microondas la fiambrera o rellenar la botella de agua parece que no son tan inocuas como se pensaba. La alerta está puesta sobre el bisfenol A (BPA), un componente marcado como tóxico y que está asociado con enfermedades como la obesidad o a cambios hormonales incluso en bajas dosis; sin embargo, los investigadores buscan otras evidencias de si el plástico que nos rodea también está en nuestro interior -o en el de otros animales- y está afectando a la vida desde perspectivas que aún no han sido tenidas en cuenta.

Un ejemplo es el estudio preliminar de la Universidad de Viena, que ha sido presentado recientemente en una conferencia de gastroenterología en esta misma ciudad. La investigación buscaba partículas plásticas en heces humanas, y encontró resultados positivos en muestras de ocho voluntarios.

Los investigadores retiraron proteínas y material vegetal no digerido y encontraron hasta diez tipos diferentes de microplásticos. Uno de los datos más llamativos es que en las ocho muestras (que pertenecían a tres hombres y a cinco mujeres de entre 33 y 65 años que informaron sobre su dieta, si consumían o no chicles y si utilizaban botellas de plástico) se encontró plástico: las partículas más grandes eran de alrededor de medio milímetro, aunque las pequeñas apenas medían como una mota de polvo.

Tapones y botellas de plástico
En todas se encontró polipropileno, muy utilizado en los tapones de botella. Por detrás, se halló tereftalato de polietileno (más conocido como PET), con el que se hacen las propias botellas y del que más ha alertado la OMS, debido a que su reutilización puede arrastrar partículas dañinas. Además, los investigadores detectaron otros siete tipos, presentes en bolsas de basura y utensilios comunes, así como plásticos que se usan para construir automóviles y productos electrónicos.

Si bien la investigación está lejos de ser completa, ya que no ha sido revisada ni publicada, este estudio piloto brinda importante información para posibles investigaciones futuras al respecto. Aparte, abre dos preguntas. La primera es sobre cómo acabó ahí el plástico, si fue ingerido directamente desde el alimento o, por el contrario, proviene de su empaquetado -o incluso fue ingerido o contaminado durante empaquetado con el ambiente, a través de fibras de plástico presentes en el aire-.

Por otro lado, los investigadores instaron a estudiar qué suponen estas partículas para la salud humana. En aves y peces se ha descubierto que los plásticos en el intestino pueden suponer estrés hepático y problemas para la absorción de nutrientes, pero en el campo de las personas aún quedan muchos interrogantes. «Ahora que tenemos la primera evidencia de microplásticos dentro de los humanos, necesitamos más investigación para comprender qué significa esto para la salud humana», sentencia Philipp Schwabl, líder del estudio piloto.

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