Suena el despertador a las 7:00 de la mañana para Alejandro, Tomás y Mario, de quince años. En el pabellón de las chicas se despiertan Jimena, Andrea y Sofía, de parecida edad. Todos estos alumnos internos en régimen residencial en el madrileño colegio Monfort tienen un rato de aseo personal antes del desayuno, para después cruzar el patio que les lleva hasta sus clases. Cuando terminen el horario lectivo, hacia las 17:00, tendrán un rato de descanso para luego retomar sus clases y exponer las dudas surgidas durante el día. «Tiene algunas ventajas, como esta. Siempre cuentan con un profesor a mano, incluso los fines de semana, para solventar cuestiones que no han quedado claras durante la jornada. También tienes al personal del gabinete psicológico siempre en contacto con los alumnos», explica Jesús Núñez Trébol, director técnico del centro.

Fuera del hogar
No estar en casa con la familia, asegura Carmen Fuentes, subdirectora del Colexio Manuel Peleteiro (Santiago de Compostela), «hace que este tipo de escolaridad fomente la autonomía y la madurez de los alumnos. También ayuda a crear rutinas y otros hábitos de trabajo…». A la postre, estos estudiantes, añade Fuentes, «tienen a su disposición más medios para alcanzar sus objetivos académicos: profesores de apoyo que les ayudan cuando necesitan alguna aclaración o explicación en sus tareas, monitores que les aconsejan y acompañan tanto a nivel académico y personal…».

Incluso los propios compañeros, prosigue Fuentes, «suelen ser un soporte ante las dificultades. El sentimiento de compañerismo entre ellos es más intenso. Establecen relaciones personales más estrechas y que perduran en el tiempo». El hecho es que las clases y las actividades, el estudio y el descanso en los internados están perfectamente programados para que los alumnos estén permanentemente motivados. «Actividades colegiales, deportivas, instructivas y recreativas conforman un todo para que sientan la residencia como una prolongación de su hogar», corrobora el director técnico del colegio Monfort. «El objetivo es que se sientan como en casa, con el añadido del refuerzo didáctico», insiste.

Edad recomendada
En su tiempo libre, los estudiantes de este colegio situado en medio del campo del municipio de Loeches, a las afueras de Madrid, disponen de cafetería, sala de juegos, de música, de lectura, de vídeo, puntos de acceso a internet, así como áreas de Wifi en ambas residencias (femenina y masculina), espacios comunes, mini cine, piscina (exterior y climatizada), tenis, campos de fútbol… «Aquí no echamos de menos nada, exceptuando que nos quitan el móvil por las noches», relata Carolina, una joven colombiana de 15 años que lleva dos interna aquí.

Entró justo cuando recomiendan hacerlo también los responsables del centro San José de Villafranca, en Badajoz (de la Fundación Loyola), desde donde aseguran que la edad de 13 o 14 años, y sucesivas, se presentan como las más idóneas para disfrutar de estas oportunidades formativas. «Los cambios de etapa educativa se presentan como un buen momento para la incorporación a un colegio con residencia-internado. De esta forma, la transición de Primaria a Secundaria suele brindar una oportunidad, aunque los procesos madurativos de cada persona puedan aconsejar posponerlo. En cualquier caso, si pretendemos que cristalice en el chico o la chica la propuesta educativa de este tipo de centro, con todos valores que trae asociados, cuanto antes, mejor».

Maduración emotiva
Lo habitual, tal y como admite Carmen Fuentes, subdirectora del Colexio Peleteiro, es que sean alumnos de ESO, porque a esa edad los niños ya suelen tener desarrolladas ciertas habilidades sociales que les permiten para relacionarse en otros ámbitos diferentes al familiar. «Si el grado de maduración emotiva es el adecuado puede ser una experiencia enriquecedora y formativa para el camino hacia su autonomía», confirma la subdirectora del Colexio Peleteiro. Sin embargo, otros centros como el Monfort admiten alumnos residentes desde los 7 años. «Tenemos varios niños de esa edad y están perfectamente adaptados», asegura Jesús Núñez.

Perfil del alumno
La realidad es que sigue instalada en la memoria colectiva la idea de que el perfil de los alumnos internos es el de un adolescente con dificultades académicas o de conducta, lo que supone un elemento disuasorio a la hora de optar por el internado como una oferta educativa interesante y de calidad. Tradicionalmente en España, explican desde el Colexio Peleteiro, «los internados se nutrían de alumnos con dificultades académicas o con problemas de conducta y los padres, delegando su responsabilidad, los internaban con la finalidad de que pudiesen salir adelante».

La realidad es que estoy hoy ha cambiado mucho, y aunque la percepción de la sociedad siga lejos de la existente en la cultura anglosajona, donde los estudios en un internado gozan de gran prestigio y suponen una oportunidad para acceder a una educación de mayor calidad, cada vez hay más familias que buscan opciones formativas integrales que, como concluye Torralba, «garanticen el entrenamiento y desarrollo de autonomía personal como solo lo hace una escolaridad en régimen de alojamiento». «En nuestro caso, las relaciones afables y cordiales, las experiencias compartidas, la camadería, el respeto, así como el servicio y la ayuda entre iguales tejen un entramado de afectos que marcan la vida de nuestros alumnos».

Fuente

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